La Cita

Llevaba ya quince minutos esperando. Algo desagradable le lanzó un aviso desde su interior. Como al instante reconoció de qué se trataba, echó una mirada rápida al reloj de oro de su muñeca y al ver que, efectivamente, faltaban todavía diez minutos más, se tranquilizó.
Había llegado con casi media hora de antelación, esta vez.
Sabía bien que la timidez era la culpable de que llegase demasiado pronto a todas sus citas.
Y siempre ocurría lo mismo: al cabo de un rato de estar esperando, ella, la timidez, se acrecentaba hasta el punto de hacerle sentir más solo y más acomplejado que nunca.
Luego su mente optaba siempre por las mismas salidas: tenía tiempo por delante para recuperar el control.
Ninguno de los paseantes que se fijaran en él podía saber cuánto tiempo llevaba esperando; a la persona con la cual se había citado le contestaría, como siempre, no, que va, acabo de llegar; le quedaba todavía un espacio de tiempo más que suficiente por delante para entretener la mente con sus cosas, con aquellas que le hacían sentirse bien. Se concentraba en ellas y conseguía recobrar su aspecto displicente y relajado.

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Clara soltó un suspiro de alivio al ver, al fin, acercarse el autobús. A partir de ese momento le faltaban exactamente ocho minutos para llegar al lugar de la cita. Tras comprobar la hora comprendió que iba a llegar doce minutos tarde; razonable, para un primer encuentro.
Ocupó un asiento vacío y procedió a revisar su aspecto, sacando un espejito del bolso. Espero que Dani no de la vara a la hora de acostarse, mis padres, tan eficaces hace treinta años a la hora de imponer sus criterios, y hay que ver ahora, con el nieto...Si consiguiera hacer “algo” con esas arruguitas canallas a los lados de los ojos, algo definitivo, quiero decir; el centro de estética del que alardea Puri es escandalosamente caro, tendría, en todo caso, que dejar el tabaco. Creo que está interesado de verdad, por teléfono parecía ansioso por conseguir esta cita, si me noto divagando demasiado me centraré en el tema de los cortes de electricidad en Barcelona. ¿O mejor en el calentamiento global?.

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Cuando el camarero –sudamericano, por supuesto- les dejó sobre la mesa el café y la infusión de poleo, ambos se sentían satisfechos.
Su propuesta de ir dando un paseo desde aquí hasta “La Cueva” para tomar unas copas es tan obvia, pensaba Clara. Tendremos que cruzar toda la zona del muelle viejo, sin gente y en silencio, romanticona y propicia, sonrió interiormente, creo que no le gusta perder el tiempo. Pero es tan educado, tan cuidadoso...veremos si tendré que animarlo un poco, por el camino. Me parece que me gusta. Bastante. Que le intereso es más que evidente, basta ver cómo se ha arreglado para la cita; y la forma en que me mira cuando cree que no me doy cuenta.
Todo va sobre ruedas, se dijo Ernesto, es maravilloso ver cómo inspira confianza a una mujer la timidez en un hombre. Cuando un círculo vicioso funciona tan bien todo es fácil. Los nervios y la inquietud se convierten en serenidad y calma, ella se anima con mi comportamiento, yo me relajo al ver progresar mis planes. Va a ser perfecto.

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Paseaban lentamente, incorporados a la armonía de la noche veraniega, las luces de la ciudad y su ocio nocturno a cierta distancia, los susurros del agua subiendo de vez en cuando por los embarcaderos de pescadores, el aire tenue procedente de la bahía.
Desde que se habían acercado por primera vez a observar de cerca los nombres de las barcas atracadas para votar por el más original, él había agarrado con su mano la de Clara; ella no la retiró al seguir caminando.

Llegaban ya al antiguo faro, en el extremo del malecón. Curioso, pensó él, que el lugar de la ciudad en que, en otro tiempo, había un potente punto de luz, se haya convertido en el más oscuro del muelle. Triste inactividad de lo caduco, filosofó.

Introdujo su mano libre en el bolsillo interior de su elegante chaqueta de hilo y palpó el bramante que había enrollado con cariño el día anterior. Agarró con más fuerza la mano de su victima y ella sonrió discretamente ante tal muestra de afecto ¿O quizá era pasión, ya?