Pescar era una actividad que lo mantenía vivo, porque según con qué caña
y qué engaño, conseguía reflotar ideales.
-Reflotar ideales- meditaba, con la
mirada perdida en la distancia.-Ni miedo, ni ignorancia, no desprecio el
pasado.
Y, a pesar de no tener carnada, el pececillo mordió el
anzuelo, pero ocurrió que, en lugar de ser arrastrado por el hilo hacia la
superficie, era el pescador quién se iba sumergiendo poco a poco en el agua.
Diez caballitos de mar lo estaban esperando para aventurarse en aquellas
profundidades... pero sin salir, que se quedaría sin aire de burbujas
azules...
Los caracolillos relojes daban las dos, y entre tanto en los reconditos espacios intercorales saltaban las burbujas rojas del amor.



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