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Tema: Carta a Manuel

  1. #1
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    Sep 2009
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    Algarrobo, Chile
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    Carta a Manuel

    Manuel, hay niños que no tienen pan o regalos para Navidad, sufren en soledad debido al sida. Otros niños sufren de esta grave enfermedad y han sido rescatados, son cuidados, por seres de buena voluntad en campamentos en África. Otros están muriendo de hambre sin ayuda alguna. Estarían sanos si tuviesen alimentos y cuidados. Estos niños yacen en los brazos de sus madres, que también mueren de inanición, sin que el mundo occidental comparta su riqueza y su amor con ellos.

    Los países del Mercado Común Europeo destruyen toneladas de alimentos cada año para impedir que los precios de estos bajen y se les arruine el “negocio”. Sería de sentido común que estos países se comprometieran a donar la sobre producción de alimentos a aquellos países que por la sequía (producto del cambio climático producido por el recalentamiento global, debido a las altas emisiones contaminantes que generan los países del “primer mundo”), o por otros motivos, no pueden alimentar a sus poblaciones quienes no tienen poder adquisitivo para pagar por estos alimentos. Cierto es que parte de esta sobre producción de alimentos es donada a las Naciones Unidas con el fin de ayudar, pero no es suficiente. En todo caso la inmoralidad de destruir alimentos, mientras hay seres en nuestro planeta que sufren de hambre, es innegable e inaceptable.

    Manuel, te contaré una experiencia personal que me dejó impactada hasta el día de hoy, porque dice mucho acerca del espíritu del ser humano, de cómo personas en situaciones límites de necesidad de alimentos, vestidos, hogar y paz dan preferencia a lo que alimente su espíritu, dan preferencia al libro.

    A principios de los 80’s, en la frontera entre Zimbawe y Mozambique, habían campamentos habilitados por las Naciones Unidas para los niños soldados y niños huérfanos que combatieron en las guerras de independencia cuando Zimbawe y Mozambique luchaban para dejar de ser colonias.

    Mi primer marido y tres de nuestros hijos eran la avanzada en África cuando elegimos localizarnos en un país donde pudiésemos ser un aporte. Esto era muy significativo para nosotros, que habíamos dejado Chile como consecuencia del golpe militar y la dictadura de Pinochet, lo preferíamos a quedarnos en el Reino Unido que tan generosamente nos acogió como refugiados.

    El plan era que una vez que Andrea y yo nos tituláramos, nos reuniríamos en Mozambique para ejercer allá, nuestras actividades. Mientras tanto les visitaríamos en cada periodo vacacional: Diciembre-Enero y Junio-Septiembre. En un mapa que compré en Londres, que seguramente tenía algunos años, planeé una ruta de viaje que me pareció interesante hacer mientras íbamos a Quelimane, Mozambique. Era justamente la época navideña y nosotras aprovechábamos nuestras vacaciones de navidad para ir a ver a los niños y a mi marido ya que ambas estábamos en el Reino Unido cursando nuestras licenciaturas. Todo lo que nuestras maletas contenían eran unas pocas piezas de ropa que usaríamos durante esas vacaciones, productos de higiene personal, ropa para los chicos y muchos libros.

    En esa primera visita saldríamos de Londres a Zimbawe en avión. Desde allí tomaríamos el tren internacional (herencia del colonialismo inglés en la antigua Rhodesia) que unía este país con Mozambique, para luego llegar a Beira en la costa este de África, para luego bajar hasta llegar a Quelimane. Esto incluía cruzar el Zambesi, uno de los grandes ríos africanos, con cocodrilos incluidos.

    Eduardo trabajaba como co-operante del Gobierno de Zamora Machel, en el área de servicios de agua potable y alcantarillado. Estaba poniendo en función este servicio, abandonado a su suerte al producirse la independencia de Mozambique, que fue colonia portuguesa. Había personas de muchas partes del mundo contribuyendo a la reconstrucción de este país. Los portugueses se fueron de Mozambique sin haber, en todos esos años que estuvieron en el poder, capacitado gente originaria del país para que pudieran seguir administrando y proveyendo a la población este servicio de gran importancia en la infraestructura de un país.

    Andrea y yo llegamos a Harare, capital de Zimbawe (antigua Rhodesia), cuando Roberto Mugabe ya estaba en el poder, en ese entonces era visto como el gran líder en la transición que ese país estaba viviendo; el gobierno del Reino Unido participaba muy activamente, ya que Zimbawe fue parte de sus colonias. Cuando llegamos a Harare quise comprar dos pasajes de tren hasta Beira, en la costa este africana, que era lo que el mapa indicaba como punto final del recorrido del tren internacional. En la estación de trenes nos explicaron que, debido a la guerra, el tren internacional ya no funcionaba. Sólo llegaba hasta la ciudad de Bulawayo, cerca de la frontera con Mozambique. Desde el primer pueblo en Mozambique era posible tomar un autobús que nos llevaría hasta donde se reanudaba el servicio de trenes. Lo que no nos dijeron es que esos buses y el tren eran objeto de ataques terroristas de los mercenarios que atacaban Mozambique por orden del gobierno de Sudáfrica, que entonces aún estaba bajo el régimen de apartheid (discriminación racial). Tampoco nos dijeron de los peligros que encontraríamos en la estación de ferrocarriles mientras esperábamos solas el tren en medio de la noche, ni que iba a ser casi imposible subir a este.

    Tomamos el tren, de fabricación inglesa. Era un precioso tren con dormitorios forrados en madera, con lavamanos y dos camarotes. Lo lamentable era que estaba visiblemente venido a menos. Nada quedaba del lujo y comodidad ostentado bajo la administración británica. Pero no podíamos quejarnos, teníamos un dormitorio para nosotras solas, el que podíamos cerrar con llave y tratar de dormir. En los otros carros la gente viajaba en una situación de terrible hacinamiento. Esa noche la temperatura cayó bajo cero grado y nosotras íbamos en nuestra mejor tenida veraniega. La calefacción del tren no funcionaba. El frío que pasamos fue espantoso, no se podía dormir. En la mañana llegamos a Bulawayo.

    Como no habíamos comido desde que abordamos el tren, inmediatamente buscamos donde hacerlo. No había nada parecido a un restaurante, pero encontramos un precioso hotel. Vestidas con las ropas del día anterior: pantalones hindúes y su respectiva blusa, sandalias y nuestra mejor apariencia latina, se nos podía confundir personas originarias de la India o Pakistán. Entramos en ese hotel atendido por hombres hindúes vestidos con las elegantes ropas y turbantes que acostumbramos ver en las películas atendiendo a los rajás y príncipes en la India. Nos sentamos a una mesa y esperamos ser atendidas. Esperamos un tiempo prudente mientras observábamos el comedor que era de una elegancia colonial muy británica, pero más parecíamos estar en India que África. Notamos que éramos discretamente observadas por los otros comensales, todos de apariencia europea o británica, mientras nuestra espera se hacía más y más larga, sin que nadie se acercara a tomar nuestra orden. Nos pareció esto tan extraño que empezamos a conjeturar al respecto, hasta que nos dimos cuenta de que sólo recientemente había terminado la segregación racial en Zimbawe y que, estando en una alejada provincia, esta ciudad seguramente mantenía los protocolos del racismo más absoluto y puro. Cuando esta noción entró en nuestra obtusa conciencia, una ira extrema nos empezó a invadir, era una verdadera tormenta tropical. Bueno, en otra ocasión te contaré, Manuel, acerca de cómo conseguimos comer algo allí.

    Cruzando la frontera de Zimbawe hacia Mozambique, en tierra de nadie, había un campamento establecido por las Naciones Unidas para niños refugiados de la guerra . Desde allí venían jóvenes y niños soldados a la estación cercana. Nos enteramos mas tarde de esto y de otras cosas. Tuvimos que esperar todo el día y la mayor parte de la noche a que el tren llegara a la estación. Mientras esperábamos, nos dio sed. El jefe de la estación de ferrocarriles nos indico donde ir a comparar bebidas y algo para comer durante ese día. En el pequeño negocio que se nos señalo no vendían algo que nosotras creíamos era un producto internacional: Coca-Cola. Tampoco vendían alimentos familiares, tales como un sándwich. Todo lo que había era una bebida que tenía un color anaranjado de sabor no conocido para mí. El día se nos hizo muy largo.

    Mientras un tren que, se suponía, pasaría a alguna hora en la madrugada, un grupo de adolescentes y niños se acercaron a nosotras (en verdad daban la impresión de una jauría de seres famélicos). El líder de este grupo me preguntó, en inglés, si tenía algo que les pudiera dar.*La situación era muy peligrosa ya que lo más probable era que se fueran con las maletas y nos asesinaran para que no les denunciáramos; pero esto sólo lo supimos más tarde, cuando nos dijeron que es lo que usualmente pasaba en esa área.

    Le dije al joven que me habló: mira tengo algo que creo te va a gustar mucho, son las obras completas de un escritor y científico ruso, en inglés, que escribe ciencia ficción: Isaac Asimov. Procedí a contarle la biografía de Asimov, que estos jóvenes escucharon en religioso silencio, mientras yo buscaba el libro en las maletas. Mientras hacía esto encontré otro libro interesante: Las Uvas de la Ira y les conté como el escritor de ese libro daba a conocer una realidad muy dura de alguna gente que vive en Estados Unidos. Ese libro se lo regalé al acompañante del líder del grupo de niños rescatados como combatientes y fríos soldados que dan horrible muerte a sus enemigos.

    Con respetuoso saludo y dando las gracias, este peligroso contingente de niños soldados se retiró con sus libros en las manos y una amistosa sonrisa en sus labios.
    Poeta autor: Odisea de un Verso. Antología.

  2. #2
    lunenka
    Guest
    Hola Myriam.
    He leido un tanto en ascuas tu texto, siempre imaginando que fuese a ocurrir algo interesante en la siguiente estrofa,
    y así ha sido, interesante toda ella. Es cierto, a veces lo que alguien imagina no sucede y si sucede no es tal como
    lo ha dibujado en su mente. Esta aventura nos hace ver que el ser humano siempre ha de sorprendernos, para bien,
    para mal o incluso para nada.
    Gracias por compartirlo.
    Besitos
    Lunen

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