ante los Bárbaros IV

Hay para el hombre de pensamiento, a quien las multitudes
están habituadas a escuchar, una forma indudable de ese deber;
la de hablar alto y sin miedo, en las horas trágicas de la Historia;
la musa divulgatriz de la Verdad, debe poseer su espíritu,
atormentado por la adivinación del peligro, inspirado por los dioses del prodigio,
por la visión anunciatriz de la catástrofe
y debe fulgurar en los labios proféticos y aletear en sus frases incendiarias;

su palabra, dominadora y sugestiva, como una admonición y un sortilegio,
debe pasar como una oriflama conquistadora,
por sobre las almas atentas y sorprendidas, mudas en esa hora de su revelación;
su frase, incitativa como una caricia, magnífica como un crepúsculo,
luminosa como un sol, debe vibrar sobre las multitudes,
con el sonido augustal y grave, de una lira dórica, pulsada por la mano
de un Profeta;

su grito anútebo, debe sonar como una diana, en la calma somnolienta de los pueblos;
ofrecer la ninfa inagotable de la Esperanza, al labio sitibundo de la Multitud,
ardiente y pueril, exhausta de ideales;
como la figura del cristo mitológico,
proyectar la fiera mansedumbre de su virtud esquiva,
sobre las ondas en furia del incalmable mar humano, misterioso...

la caricia brutal de su palabra denunciadora, debe pasar por sobre la multitud,
como una ala de fuego y aplicar el beso sangriento de sus labios vengadores,
sobre la máscara deforme del grande Enigma de Inconstancia y Dolor.
La muchedumbre;

su Verbo, embriagador y despótico, capcioso como un licor, vibrante
como un Efinicio, debe sacudir la cabeza de esa Multitud,
-fiera dormida- y despertar en ella toda la brutalidad de sus pasiones atávicas,
pasiones heroicas, salvadoras en la hora del peligro;

y a su acento, los pueblos deben sentir la vibración sonora
de una heroicidad ancestral vibrar en ellos,
la levadura épica de generaciones guerreras hervir en su sangre,
el grito sonoro del combate, subirse a la garganta,
como una marea de grandes olas bélicas, mientras la Visión de púrpura y de luz,
la radiosa visión de la Victoria, les arde las pupilas como un deslumbramiento;

tal es el deber del hombre de pensamiento, en la hora que precede
a la conquista;
y, la hora de la conquista ha sonado ya.

versión actualizada de Vargas Vila,
por sm@rti
agosto del 2011.