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Mi escapada del funcionario
Finamente terminó aquel viaje de incomodidad para mí, y nos dispusimos a bajar del tren, tan sólo habíamos puesto los pies en el suelo, cuando aquel hombre me dijo: “niño, ten cuidado de la maleta mientras voy al servicio”. No lo pude disimular y sonreí de júbilo, al ver que la diosa fortuna se apiadaba de mí. Sin pensarlo dos veces, cogí la maleta del funcionario, y subí al tren que pasaba en dirección contraria y, que en aquel mismo momento le había dado salida el jefe de estación.
No desearía ni pensar lo que aquel hombre llegaría a sentir, cuando terminara sus necesidades fisiológicas, y se percatara de mi fuga. Prefería no verlo y, más conociendo su carácter.
Que me hubiera fugado era muy grave, pero que le hubiera robado la maleta era peor, su error por confiar en mi buena fe lo iba a pagar muy caro, ya que tendría que dar cuenta de su irresponsabilidad a sus superiores, y no me gustaría estar en su lugar.
Mi situación no era buena, ya que además, de no disponer de pasaje para viajar en el tren, no disponía ni de un céntimo, y lo más grave para mí, que aún no sabía dónde ir. Este futuro incierto, me motivo en gran medida para robarle la maleta a mi acompañante, con la esperanza puesta en que llevara algo útil que aprovechar.
Durante el trayecto, me dedique a vigilar y burlar al revisor, ya que cada media hora, se daba una vuelta por los vagones para pedir el pasaje a los pasajeros. Estaba seguro de que en caso de descubrirme, me haría bajar en la próxima parada sin contemplación, pero con un poco de astucia por mi parte, esperaba que no llegara a suceder, y alargar la distancia entre
Fernando y yo lo máximo posible. No quería ni imaginar lo que me sucedería, si las cosas salían mal y terminaba otra vez en aquel reformatorio.
Llevaba dos horas de tren cuando ocurrió lo que me temía: me encontraba despistado contemplando el hermoso paisaje en una de las ventanillas, cuando sentí la fuerza de una mano que me retorcía una de mis orejas, al mismo tiempo que me decía gritando: “¡Al final te atrape, maldito polizón! ¿Crees que soy tonto?”
Hice un gesto hacia atrás tratando de que soltara mi oreja, pero aún me la retorció con más fuerza hasta que gemí de dolor. Casi llorando balbuceé:
― ¡Déjeme señor! ¿No ve que me la va arrancar?
― ¡Esta bien granuja, en la próxima parada te apeas! ¡Y que conste que te podría encerrar en la cárcel!
Hice caso a este hombre, y me apeé en la próxima parada lo más rápido posible, “un pequeño pueblo de la región de Murcia”. A primera vista aquel paisaje no me desagradaba, era una zona rural muy similar a la que vivía mi padre, y la distancia era suficiente para que no me llegara a localizar, suponiendo que me buscara, que lo veía improbable.
A primera vista intuí que aquellas tierras eran ricas para el cultivo y, que los que vivían de su fruto no pasaban hambre, pues además, de los cereales que cosechaban, abundaban por todas partes los árboles frutales. Aquellas casas también se veían señoriales. Buscaría un trabajo y no me movería de aquella zona, pero en aquel momento, empezaba a oscurecer y lo deje para el día siguiente. Dormiría a la intemperie sin pasar frío gracias a que era la estación de verano, supuse que al día siguiente cuando despertara tendría más despejadas mis ideas para decidir que hacer. De momento la cena también la tenía al alcance de mi mano, por la abundancia de fruta de aquella zona.
Llegó el momento de satisfacer mi curiosidad, y me dispuse abrir la maleta. No me costó demasiado trabajo hacerlo, ya que con un pequeño punzón que – por casualidad – me había encontrado, hice un poco de palanca en la cerradura y cedió. Pero he de decir que quedé decepcionado al no encontrar lo que más necesitaba en mi precaria situación: dinero. Sólo había alguna ropa interior, un traje, una carpeta con algunos documentos, y un revólver. Encontrar un arma de fuego fue lo que menos esperaba, confieso que sentí mucho miedo, pero a pesar de todo me di por satisfecho, ya que la ropa interior y el traje me sacarían de muchos apuros. Si tenemos en cuenta que tan solo tenía la que llevaba puesta, además de estar muy deteriorada. Tengo que decir que a mis dieciséis años era un buen mozo, pues mi estatura era similar a la del funcionario Fernando, por lo tanto, no había necesidad de modificarla al ser de mi misma talla. En cuanto, a los documentos y el arma de fuego, no desee conservarlos, por ser objetos inútiles para mí, y por los problemas que me pudieran ocasionar. Aquella misma noche los enterraría en algún lugar inaccesible, he imposible de encontrar.
Ya había oscurecido, cuando mi estómago me avisó de que era la hora de cenar, pero esta vez tendría que resignarse solo con fruta que – afortunadamente – era abundante por todos aquellos parajes. Ya satisfecho de fruta me costó poco trabajo quedarme dormido, y lo hice debajo uno de aquellos árboles frutales. Lo único positivo en mi favor fue que no hacía frío; otra cosa era el suelo húmedo y duro, pero como estaba muy cansado no tardé en quedarme dormido.
Los fuertes rayos de sol que calentaban mi espalda, fueron los causantes de despertar un poco desorientado, me encontraba aturdido y ni yo mismo sabía dónde estaba. Pronto reaccioné y me di cuenta de mi situación; me dolían todos los huesos, el culpable de dolor fue el suelo duro donde dormí. Me acordé del colchón de lana que disfrutaba en mi trabajo de jardinero, pero aquello ya era agua pasada, lo más importante en aquel momento, era organizar mi vida y salir de la mejor forma posible de aquel futuro incierto, que tanto daño me estaba haciendo.
Dejo el link de mi blog por si los lectores que me han leído desean seguir con los 11 capítulos que faltan de la novela de Arturo
Muchas gracias a los que me han leído aunque no me hayan comentado, Josan
http://sanchisjosan.blogspot.com/
Última edición por Alborjense; 09-30-2011 a las 09:15 AM
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" Lo siento, perdóname, gracias, te amo". Ho'oponopono
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