Interesante obra mi apreciado poeta.
Un placer visitar y comentar.
Besos con cariño.
FELIZ NAVIDAD
Esta Publicidad desparece cuando te registras en el foro
Carta a un rehén
Antoine de Saint- Éxupéry
I
Cuando en diciembre de 1940 llegué a Portugal en mi camino hacia los Estados Unidos, Lisboa se me representó como una especie de paraíso claro y triste. Se hablaba entonces mucho de una invasión inminente, y Portugal se aferraba a la ilusión de su dicha. Lisboa, que había levantado la exposición más brillante que en el mundo hubiera habido, sonreía con una sonrisa algo pálida, como aquella de las madres que han dejado de tener noticias del hijo que fue a la guerra, y tienen que guardarla para alentar su confianza: “Mi hijo sigue vivo puesto que sonrío...” Mirad, decía también Lisboa, lo dichosa, tranquila e iluminada que estoy...” Todo el continente oprimía a Portugal como si fuera una montaña agreste, cargada de tribus de presa; Lisboa en fiesta desafiaba a Europa: “¡Cómo van a tomarme como objetivo cuando muestro tanto interés en no esconderme! ¡Cuándo soy tan vulnerable!...”
Las ciudades en mi patria eran cenicientas durante la noche. Allí había perdido yo el hábito a cualquier resplandor, y esta capital radiante me producía un malestar inexplicable. Si las inmediaciones son oscuras, los diamantes de un escaparate iluminado atraen con más fuerza a los truhanes. Se les siente al pasar. Yo sentía sobre Lisboa el peso de la noche de la Europa infestada de manadas errantes de bombarderos, como si estos hubieran olfateado desde lejos su tesoro.
Pero Portugal se empeñaba en no ver el apetito de la bestia. Rehusaba creer en los malos augurios. Conversaba sobre el arte con una confianza desesperada. ¿Se atreverían a aplastarla a pesar de su culto al arte? Había sacado a la calle todas sus maravillas. ¿Se atreverían a aplastarla con todas sus maravillas?. Enseñaba sus hombres ilustres. A falta de ejércitos y cañones, había adornado todos sus centinelas de piedra contra la metralla del invasor: los poetas, los exploradores, los conquistadores. A falta de ejército y de cañones, todo el pasado de Portugal empalizaba el camino.
Yo vagaba con melancolía cada tarde entre los logros de esta exposición de un gusto exquisito, donde absolutamente todo rozaba la perfección, así la música, tan discreta y elegida con sumo tacto, manaba sobre los jardines dulcemente, sin estridencia, como si fuera el canto de una fuente. ¿Iban a arrancar del mundo ese maravilloso gusto por la mesura?
Y yo encontraba Lisboa, detrás de su sonrisa, más triste que mis ciudades descoloridas.
Conocí, quizás vosotros lo hayáis hecho, a esas familias un poco extrañas que seguían, al sentarse en la mesa, conservando la plaza de uno de sus miembros ya muerto. Se rebelaban contra lo irremediable. A mí no me parecía que ese reto les sirviera de consuelo. Los muertos son muertos. Entonces, en su papel de muertos, ellos encuentra un manera distinta de estar presentes. Pero estas familias aplazaban su regreso. Los convertían en ausentes eternos, huéspedes que nunca acaban de llegar. Ellas cambiaban el duelo por una espera sin substancia. Y estas casas me resultaban sumergidas en un malestar inevitable más agobiante que la pena. Del piloto Guillaumet, el último amigo que he perdido y que fue abatido durante el servicio postal aéreo, ¡Dios mío!, he aceptado llevar el luto. Guillaumet no cambiará nunca. No estará nunca presente, pero tampoco estará nunca ausente. He bendecido su cubierto en mi mesa, engaño inútil, y lo he convertido en un auténtico amigo muerto.
Pero Portugal intentaba creer en su alegría, reservándoles sus cubiertos, sus farolitos y su música. Se jugaba a ser feliz, en Lisboa, con el propósito de que Dios tuviera a bien el creérselo.
Lisboa tomaba también su clima de tristeza por la presencia de ciertos refugiados. No me refiero a proscritos en busca de refugio. No hablo de inmigrantes a la búsqueda de una tierra que fecundar con su esfuerzo. Hablo de aquellos que huyen lejos de la miseria de los suyos para poner en lugar seguro su fortuna.
No habiendo podido alojarme en la misma ciudad, yo estaba en Estoril al lado del casino. Yo venía de una guerra densa: mi grupo aéreo, que durante nueve meses no había jamás interrumpido sus vuelos sobre Alemania, había perdido entonces, en el transcurso de una única ofensiva germana, las tres cuartas partes de su equipaje. Yo había conocido, cuando volví a casa, la atmósfera sombría de la esclavitud y la amenaza del hambre. Yo había vivido la noche densa de nuestras ciudades. He aquí que a dos pasos de mi alojamiento, el casino de Estoril se llenaba de espectros cada noche. Cadillacs silenciosos que parecían ir a algún lugar, los depositaba sobre la arena fina del porche de la entrada. Se habían vestido de gala para cenar, como antaño. Mostraban sus corazas o sus perlas. Se invitaban los unos a los otros como figurantes, donde no tendrían nada que decirse.
Después jugaban a la ruleta o al bacará según sus fortunas. Yo iba a veces a verles. No sentía indignación ni sentimiento de ironía, sino una angustia vaga. La misma que nos incomoda en un zoológico delante de los supervivientes de una especie extinguida. Se colocaban alrededor de las mesas. Se amontonaban sobre un crupier austero y se esforzaban en sentir la esperanza, la desesperación, el miedo, la envidia y la alegría. Como seres vivos. Se jugaban unas fortunas que quizás en ese preciso momento, no tenían sentido. Usaban monedas probablemente caducadas. El valor de sus cofres quizás estaba avalado por fábricas ya confiscadas o amenazadas por las escuadrillas aéreas, a punto de ser aplastadas. Sacaban los cheques en la Luna. Se empeñaban en creer, aferrándose al pasado, como si nada hubiera empezado a temblar sobre la tierra, en la legitimidad de su ardor, la cobertura de sus cheques, lo eterno de sus convenciones. Era irreal. Era un ballet de muñecas. Pero era triste.
No sentían nada, sin duda alguna. Yo los dejaba allí. Me iba a respirar a la orilla del mar. Y este mar de Estoril, mar de ciudad marítima, mar sometido, me parecía como si entrara también en el juego. Empujaba al golfo una sola ola suave, reluciente de luna, como un chándal fuera de temporada.
A mis refugiados los encontré en el barco. Este barco desprendía también una ligera angustia. Este barco transportaba de un continente a otro a estas plantas sin raíces. Yo me decía a mí mismo: “Quiero ser un viajero, no un emigrante. He aprendido tantas cosas en mi patria que en otra parte serán inútiles.” Pero he aquí que mis emigrantes sacaban de sus bolsillos sus agendas, sus vestigios de identidad. Ellos jugaban todavía a ser alguien.
Se aferraban con todas sus fuerzas a cualquier significado. «¿Sabéis. Yo soy tal, decían, de tal ciudad, amigo de mengano… ¿conoces a mengano?”
Como un pájaro en el alambre,
como un borracho en una ronda nocturna,
he intentado ser libre, a mi manera.
(Leonard Cohen)
http://vampirosypoetas.blogspot.com/
Interesante obra mi apreciado poeta.
Un placer visitar y comentar.
Besos con cariño.
FELIZ NAVIDAD
"Mis versos nacen en mis venas, se deslizan por mi pluma y viajan en las alas del tiempo"
Saint-Éxupéry se traduce solo. Nada que ver con mi admirado y rebuscado Léo Férré.
Gracias Yaneth. Nunca creí que llegara a admirar tanto a un aristócrata.
Como un pájaro en el alambre,
como un borracho en una ronda nocturna,
he intentado ser libre, a mi manera.
(Leonard Cohen)
http://vampirosypoetas.blogspot.com/
Enrique te acabo de contestar en el otro post repetido, leeré la obra completa, creo que es una buena obra, para reflexionar sobre la amistad y la esencia del hombre, sobre todo de ese hombre que está fuera de la Patria y que es un exiliado hasta de sí mismo, hasta que comienza a encontrarse en el otro.
Mil gracias por la primera parte, besos.
" Lo siento, perdóname, gracias, te amo". Ho'oponopono
Perdona Ayauh que haya dejado tu respuesta tanto tiempo sin contestar, sin decirte nada. He tenido problemas que quiero pensar que no son inherentes a mí sino puntuales.
A mí me parece que Saint-Exupéry era un hombre muy valiente perteneciente a una generación de intelectuales que estaba harta de la rivalidad franco-alemana que desde 1871 no había hecho más que agudizarse, y de todas las guerras. Por el texto deducimos que era consciente de la saña especial con la que perseguían los nazis a los judíos, pero probablemente murió sin saber hasta que punto llegó este odio irracional y el horror máximo de los campos de exterminio. Sólo quería, ya que he leído tus citas a otra gran obra de nuestro autor (El Principito), darte a conocer otra obra de él muy afín en la búsqueda y en el lenguaje.
Como un pájaro en el alambre,
como un borracho en una ronda nocturna,
he intentado ser libre, a mi manera.
(Leonard Cohen)
http://vampirosypoetas.blogspot.com/
Marcadores