Encuentro con Cortázar: caso cerrado.


Eran las 7 de la tarde. Pero no cualquier “7 de la tarde”, eran las 7 de la tarde del día jueves. Yo realmente no sabría decir porque esa precisa enmarcación temporal se me antojo extraña, ajena. Tal vez por eso, porque era precisa, era una gota de la más exacta precisión en un desierto de total incertidumbre. Igualmente hay algo en ella, es extraño. Esa rigurosidad cronológica con que se afirma y que no se detiene en fijar solo una medida, sino que se atreve a dos. Pues no es a cualquier hora, es a las 7 de la tarde, y no en cualquier día sino un día jueves. Ahora porque habrá escogido el día jueves no lo sé. Quizá pueda ser porque un escritor, un tal Chesterton creo, le había hablado de un día con ese nombre, y lo que además explicaría al menos vagamente la cuestión cronológica, esta claro, hay una fuerte conexión. En una palabra la puntualidad británica seria el elemento justificante en una cadena anacrónica que justifica, que da validez y consistencia lógica, retroactivamente, a una proposición cronológica de tipo subjetiva. No, pero conociéndolo es más probable que hubiera elegido particularmente el jueves, seguramente porque había llegado, estimo, de forma casual a sus oídos, la desoladora noticia de que alguna diabólica norma, aunque sin saber exactamente cual, pero sí que fue sancionada por la que el denominaría, Organización Internacional para la Dominación, la cual en efecto designaba al día jueves como día central de la semana, en lo que según él sería, imagino, un claro intento por violar el principio de la no intervención, que por esos días tanto aclamaban las Naciones.

Sea cual fuere el motivo ya no importaba demasiado, la cosa es que yo ya estaba ahí y eran las 7 de la tarde del día jueves. Al llegar él no estaba. Me senté para esperarlo y al hacerlo noté que la silla era cómoda, eso en cierta forma me tranquilizó. Siempre es tranquilizador saber que se puede confiar en la comodidad que ofrece un asiento, aún en estos casos. Pero él no llegaba y yo miraba, miraba el reloj, con una frecuencia digamos alta. Y una de las agujas, la más intrépida, amenazaba decididamente con alcanzar el dos. Yo por mi parte no le daba tanta importancia, para restarle protagonismo, como es sabido eso las agita aun más.

Pero hay que decirlo, yo no soy un hipócrita, las circunstancias no eran del todo felices, eran más bien tristes y es peor si no se ha comido nada en todo el día. Pero tampoco era una tragedia ciertamente, no era para romper a llorar con estridencia y aun si ella, ni para entrar en pánico y empezar a gritar como loco tirando servilletas de papel y hojas de diario frenéticamente por el aire y luego zamarrear a la gente preguntándole que porque no ha llegado aun y cuanto más se va a demorar y porque a las 7 de la tarde y porque el día jueves y no otro. Preguntas así, que evidentemente no podían responder. Y luego la policía, el violento tiroteo, personas arrestadas, varios heridos, pero la mayoría muertos. No, pero por suerte nada de eso ocurrió. Todos seguían ahí, tranquilos en sus mesas. Dibujando algunos un círculo con una pequeña cuchara de metal (extrañas costumbres tiene la gente). Nadie se comportaba como neurótico o psicópata, no digo que eventualmente alguno de ellos no lo fuera, cosa que es posible. Pero si es verdad que no se notaba.

Hasta que en un momento, en medio del desastre total e irreversible que no fue, pero que bien hubiera podido ser. Justo en ese inconfesado caos que nos envolvía, en ese movimiento general desenfrenado que yo sospechaba que todos imaginaban, aunque ellos no pudieran imaginar que yo sospechaba que ellos lo imaginaban, pero que aun así ninguno se atrevía a desencadenar, en ese momento entró.

Era él inconfundiblemente, esas largas piernas que se asomaron solitarias, como si hubieran entrado solo un par de largas piernas, esa fue la impresión que me dio, porque claro el resto del cuerpo se encontró por un instante tras la puerta y las piernas se adelantaron, como ocurre naturalmente al avanzar caminando, es decir primero avanza una pierna y me acurdo que así fue. Primero la pierna derecha de color azul, porque llevaba pantalones, como es habitual claro, y luego la izquierda que va acompañada ahora si forzosamente del resto del cuerpo. Un ángulo geométricamente perfecto en que parecen estar las dos piernas solas, sin cuerpo, que es cuando comienza a avanzar la segunda pierna. Y en efecto ahí estaban esas galopantes piernas azules que entraban por la puerta del café. Nadie podía dudarlo era él y cuando entro el resto de su largo cuerpo todos lo confirmaron, era él. Está bien, no tenía cara, pero era él, no había duda. Llevaba un sobretodo gris un poco gastado.