Eran días de jolgorio, la muchedumbre estaba tan descontrolada que hacia ver la ciudad como un inmenso manicomio, las ventas callejeras de mazorcas al carbón formaban una interminable fila, la música proveniente del estadio contagiaba a todos los que no pudieron entrar por sobre cupo,los transeúntes noveleros decididos a no perder el viaje,forman su propia fiesta en cualquier esquina.

Y por una de las calles alternas, esas que poco se notan en las fiestas, dos abuelitas acomodadas en sus mecedoras,ven pasar a los jóvenes buscando diversión, los miran, los detallan con cuidado y hacen una mueca de desagrado,armadas de abanicos muy finos y cargados de años como ellas a ratos se ríen de sus ocurrencias, ellas desde sus mecedoras, a su estilo y gracia disfrutan las fiestas,

__ Josefina! trae dos tintos... y no lo confundas con el vino!._ decía la mayor de las dos
__ Paciencia con esta, la pobre es extranjera... mira quien va allí!_ dijo asombrada la otra, señalando a un conocido, la mayor se fijo con cuidado y dijo;
__pero si es Filiberto! viejo verde, ya está de ancianato y anda de potro alborotado
__ son las fiestas, eso se pega._ repuso la otra
la criada les trajo las pequeñas tazas con café, las dos lo bebieron como siempre y la mayor decidió;
__ Josefina, quítese el delantal, traiga las carteras que nos vamos a dar una vuelta por las fiestas.