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Me gustaría presentarme en tu casa y raptarte,
irnos para siempre a una isla desierta,
con botellas de ron suficientes para morir intoxicados.
Dejar una nota en tu escritorio,
narrando porqué te fuiste conmigo.
Irme de mi hogar en amor irrisorio,
que afirma amarme, pero me deja llorar solo.
Vivir de la naturaleza y sus frutos,
jamás más dulces, y beber tu néctar.
Esconderme entre las faldas de nuestra isla,
respirar tranquilo y ver las estrellas.
Empezar a soñar de nuevo,
pedir un deseo al ver un cometa,
y que sólo tú puedas serlo.
Encontrar mis pétalos de rosa esparcidos por medio mundo,
reunirlos en una flor burda y darte algo más que espinas al fin...
Te hice especialista en mis rescates,
y en mi desacato dulce me amas,
sueño en un atraco y la desaparición eterna por Venecia.
Levantarte con un beso y un polvo mágico
en una terraza del Gran canal,
dejar atrás cualquier obsesión.
Pues aún vivo cómo un funambulista ambulante,
haciendo equilibrios ebrio entre la locura y la deseperación.
con una decadencia circense a cuestas
en la cuerda fuerte de mi sótano.
Un millar de ratas con dientes de marfil
me cuchichean el poema de mi muerte y fin.
Pero el ejército de la Luna llega
con sus dos-mil ojos afilados
para hacerlas desaparecer.
Inestable y con céfalea de resaca,
pero almenos anoche sentí tus labios
en los míos,
y felándome la imaginación.
Hecho de una nebulosa de fantasía,
evito más drogas porque me engancharía
y entonces, si que sería incontestable el triunfo del olvido.
Me arrojo contra el cielo,
para alejarme del rojo sangre
de mis ojos grises.
Sólo se me ocurre estallar
para ver alguna luz que venga de mí.
Inadaptado social,
fruto de un solsticio infeliz.
Hijo del alboroto de mi corazón,
loco y roto, con el descontrol por guía absurdo.
Sólo es indudable mi amor por tí...
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