Este cuento lo escribí para una buena amiga, que en estos días extraños, hace mis noches mas llevaderas con nuestras charlas. Como es de Mexico, se me ocurrió escribir sobre la murte y la visión curiosa que ahí tienen de ella, con calaveras mexicanas incluídas... aunque quizás se me fue un poco la mano (: Espero que puedan difrutar tanto leyendolo como yo lo hice escribiendo.


El secreto de la muerte

Fuiste a verla la noche que te ahorcaste. Cruzaste las ruinas con el coraje del desesperado, tropezando entre escombros, jadeante, encorvado bajo el arco de la luna. La camiseta que te regalé era tu segunda piel, adherida a la primera con el sudor de tu marcha. Temblabas. Pasaste junto a las columnas, bajo el pórtico derrocado y te adentraste en lo más profundo de ese desastre antiguo.
Una vez alcanzaste el sótano, el hedor a podredumbre volvió a embriagarte la cordura. Aún así te moviste sereno por los pasajes estrechos, sin vacilar. Los susurros de las catacumbas te perseguían y el recuerdo de tus hazañas macabras pintaba rostros en las paredes. Hallaste la puerta correcta, pero aún esperaste dos minutos para entrar. Sería un juego peligroso.
Una vez dentro ni siquiera tú pudiste reprimir el miedo. Allí estaba, abandonada a la luz de una vela. El fulgor parpadeante realzaba las cuencas huecas de su cráneo maquillado, las flores pintadas en la mejilla de hueso, el pintalabios en la mandíbula desnuda… Catrina, una calavera, se adivinaba con un brillo malvado.
- Sabía que volverías- te dijo.
Discutisteis de nuevo; tú le dijiste otra vez lo que querías y ella, a cambio, volvió a pedirte las mismas condiciones. Tú te negaste de nuevo. Insististe. ¿Cómo ibas a entregar tu vida, tu, que eres la muerte misma? Se lo repetiste, una vez y otra y la siguiente. Tú no podías morir, decías, no podías servir a los intereses de nadie. Pero ese era el trato. Dejar la muerte, tu tarea, en manos tan solo de un diablejo como Catrina…
Pero ese era el trato.
- Tú te llevas las vidas, pero solo yo puedo traerlas de vuelta- te dijo- Podrás pasar un día mas con ella, si quieres, pero después serás mío.
Dabas vueltas por la sala, inquieto, indeciso. Temblabas, en parte fingiendo y en parte no. El raciocinio te traicionaba, el desasosiego te invadía y la embestida de recuerdos acababa con cualquier resistencia serena. Pero debías moderarte. Era un juego peligroso y tu farsa sería la mejor baza; esa mirada sin ojos te estudiaba, y lo sabías.
- También los he visto- te dijo- Si… el misterio gigante de esos ojos, capaces de seducir a la propia muerte. Sé que quieres volver a verlos…
Las emociones te traicionaron de nuevo y tu papel a punto estuvo de venirse abajo. “Esos ojos, donde acaba el infinito y empiezan los misterios”. Ahora no podías vacilar.
Te dijo que una vez murieras no recordarías lo sucedido; ningún recuerdo volvería a atormentarte, no mas quimeras. Volvió a explicarte el trato. Podríais estar juntos un día más, pero después ella moriría, otra vez. Y Catrina sería dueña de tu voluntad.
Aún te mostraste indeciso. Pero ya solo fingías, y vestiste tus gestos con las dudas adecuadas. No podías fallar. Ya no podías echarte atrás. Aceptaste. Le estrechaste la mano esquelética; un pacto con el diablo.
- A partir de mañana, me perteneces- te dijo- Ahora corre, la encontraras donde te la llevaste, corre, antes de que esos ojos vuelvan a cerrarse…
Pero tú ya lo sabías, podías sentirlo. Y aún así no viniste a buscarme. Fuiste corriendo a casa, veloz, no podías detenerte, no podías dudar. Todo estaba preparado. Solo te pusiste la soga y saltaste. Sin más.
Muerta la muerte ya nadie volvería a morir, tampoco yo. Y aún así, tan solo quería volver donde tú, aunque fuese por mi cuenta…

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