A cinco metros de otra calle
la Luna me dedica su mejor estocada...
Me quedo en mi calle llena de gatos,
y me siento con ellos mientras maullan famélicos y frenéticos.

Dos son negros y hay uno pardo.

El pardo parece tímido,
pero el frío hace que venga con sus hermanos,
refugiados entre mi chaqueta y yo.

Uno de los negros me atraviesa con sus ojos de esmeraldas,
como si descifrara las dos Lunas nuevas
que se balancean en mis ojeras.
Gira ligeramente la cabeza,
y deja que un relámpago de plata secuestre su cuerpo.

Sacudido por su sombra alada,
se rasga mi pecho otra vez,
ya acostumbrado a hacerlo,
y queda desnudo y expuesto como me gusta.

A punto para recibir tu roce,
hincho mi sangre para que vuele un poco,
igual que las esfinges de mis espaldas,
que no me dejan descansar con sus misterios y sus rubíes

Con los ojos grises y brillantes
zarandeo la ciudad para sacarle los colores,
y mi mirada, llena de bombillas negras, prende de azul cada calle,
y cada farola celebra su vela,
y cada cerrojo se estremece,
y cada semáforo baila
cuando choco contra el suelo otra vez
justo tras terminar este verso.

De Luna a Luna,
acuchillado cada noche,
un poema me perfora el tórax
y me desangro ante mis tres gatos.