Giacomo Puccini.
El Bel Canto.
Segunda parte.
El Bel Canto era mucho más que el fraseo musical napolitano, el de esa canzonetta que aún emociona al escucharlo y no exclusivamente en idioma italiano.
Incluso en su búsqueda de una ópera alemana, el propio Mozart (Verdadero ídolo de Puccini, así lo demostró en las grandes arias de las Bodas de Figaro), Sigue este norte, Puccini tomó distancia del verismo de Leoncavallo y emprendió un camino de refinamiento instrumental y vocal que, significativamente, lo acercó a la melodía infinita y a la música absoluta. Se permitió el placer de aventurarse (Como lo haría en Madame Butterfly y Turandot), en los ritmos y fraseos de la música oriental. De este modo su audacia en la escritura; melòdico-armònica, la orquestación y el uso de la tonalidad tan al límite de sus posibilidades expresivas (No menor que la de Falla o los impresionistas franceses), lo acercaron a la vanguardia de la época.
Puccini empezó a componer “Manon Lescaut”, inspirada en la novela del mismo título, escrita por el abate francés Prèvost, que narra la relación amorosa entre una cortesana y un caballero. Puccini convirtió la historia de amor en una ópera dramática, en la que dominaba la psicología de la protagonista, tal como sería muy característico en sus obras de madurez, como la Toscana por ejemplo. Puccini supo a través de su clarividencia creadora que su “Manon Lescaut” le aseguraba, al menos, el interés y la emoción del público.
En 1904, Puccini contrajo nupcias con su amante, Elvira Gemignani, al morir el esposo de ésta. En realidad lo que hicieron fue oficializar una relación de muchos años que, por otra parte, era la comidilla de todos. Luego de morir la madre de Giacomo, éste se marchó de Lucca en compañía de Elvira provocando un escándalo de grandes proporciones.
La pareja se residenció en Monza, donde nació su hijo Antonio. En el año de 1890, se mudaron a Milán y, un año después, a Torre del Lago, un pueblo de pescadores en la Toscana. En seguida de contraer matrimonio, la relación comenzó a enfriarse y a confrontar problemas, esto contrastó con una época de gran fertilidad compositiva, en la que Puccini inscribiría su nombre con letras de oro en la historia de la música con tres magnificas óperas inmortales: “La Bohème”, “Tosca” y “Madame Beutterfly”. Con estas exquisitas obras dio una poderosa lección de magisterio musical, con una gran riqueza melódica y una emotiva plasmación dramática de los sentimientos.
Luego de pasar juntos unas vacaciones de verano en El Cairo, se desencadenó un autentico drama familiar, sin aparentes motivos Elvira empezó a sentir unos terribles celos de Doria Manfredi, una joven que trabajaba desde hacía años en su casa como sirvienta. La idea confusa y distorsionada de que Doria y Puccini eran amantes obsesionó a Elvira. Un día, la despidió y amenazó con matarla. Desesperada Doria se suicidó tomando veneno. El cadáver de Doria fue examinado quedando certificado que era virgen. Los Manfredi presentaron una demanda contra Elvira, que fue declarada culpable. Buscando una salida airosa, Puccini indemnizó a la familia de Doria, que retiró los cargos y su esposa pudo salvarse de la cárcel.
Un año después de aquella tragedia, se estrenó “La Fanciulla del West” en el Metropolitan Opera House de Nueva York, bajo la batuta del genial y polémico Arturo Toscanini y con la actuación del tenor más afamado del momento: Enrico Caruso. Fue la última obra del período de madures de Puccini y supuso un éxito clamoroso. También conocida como la muchacha del Far West, ésta ópera, en tres actos, se desarrolla en una zona minera del este de Estados Unidos, durante la fiebre del oro, en 1850. A pesar del éxito del estreno, tristemente cayó en el olvido. Desde mi punto de vista dramáticamente adolece de ciertos defectos, sin embargo, constituye una obra maestra por su original lenguaje armónico, incluso atrevido y la imaginativa y brillante orquestación, la llamada aria del bandido, es una verdadera pieza de antología.
En el año de 1917 se representó en Monaco “La Rondine”, la cual pasó sin pena ni gloria, una obra que también fue olvidada rápidamente. La estrella de la puesta en escena fue Tito Schipa, tenor considerado por muchos como el heredero de Caruso, aunque éste, siempre celoso de su éxito personal, se empeña en negarlo. “La Rondine” era resultado de un encargo, componer una ópera en el característico estilo vienes, casi incurriendo en el género de la opereta. En la obra destacan las bellas melodías y la gracia de los valses, prácticamente no hay soprano.
El vivo interés por la ópera contemporánea y su respeto por el trabajo de diversos compositores jóvenes y francamente iconoclastas, como los franceses Claude Debussy y Maurice Ravel, el alemán Richard Strauss, el austriaco Arnold Schònberg, por cierto creador de la dodecafonía y el ruso Igor Stravinsky, llevaron a Puccini a componer una ópera poco tradicional.
Durante mucho tiempo se incluyó a Puccini entre los compositores veristas. El propio Puccini fue muy explicito al respecto. Lo dejó asentado en una carta enviada al libretista de Turandot, Giuseppe Adami. “No basta con decir la verdad; además, tiene que ser creíble... Ése es el secreto del arte”. Desde su intuición artística, Puccini se definía ante uno de los dilemas más arduos y complejos del realismo contemporáneo: ¿El arte debe ser veraz o verosímil?
Al dar un repaso por sus óperas descubriremos que Puccini sentía plena afición por la apariencia de la realidad, por los temas más actuales, por la vida cotidiana de la gente humilde, pero esto ocupo una parte de su obra y era sólo una parcela de su credo artístico. Algunas óperas se desarrollan en un ambiente histórico, pero su última ópera, “Turandot”, que precisamente culminó su producción operística, constituye una leyenda mítica que, además, transcurre en China.
“Madame Beutterfly”, transcurre en Japón, un escenario totalmente alejado de su entorno inmediato, en el cual el tema de la prostitución, sujeta a códigos muy diferentes, más que tender un dedo acusador contra el personaje femenino o masculino, apunta a los valores éticos de Occidente en su conjunto. Por cierto, a años luz del verismo, la grandeza de Puccini en esta ópera estriba en cuestionar la dualidad de toda una cultura.
La casa de Torre del Lago se convirtió en el refugio de Giacomo Puccini durante casi toda su vida. La muerte, sin embargo, lo sorprendió en Bruselas, el 19 de noviembre de 1924. Los médicos diagnosticaron cáncer de garganta. Sus restos fueron llevados a un panteón familiar de Torre del Lago. El funeral más solemne y multitudinario tuvo lugar en la Scala de Milán. Precisamente, allí se representó dos años después, su obra póstuma, inacabada: “Turandot”.
PD: En 1998 ingresé al Conservatorio de Música de mi ciudad natal para realizar estudios sobre la Historia de la Música Clásica los cuales, por motivos de salud, no pude concluir. Sin embargo, no dejé de lado una de mis grandes pasiones, investigar y conocer la vida y obra de los autores que con su mágica música nos llevan el espíritu a un insospechado estado de beatitud.
Yaneth Hernández©
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