Las sonatas



Las Sonatas están escritas como las memorias amables de un donjuanesco marqulís. La primera en aparecer fue la Sonata de otoño en 1902. Pero los cuatro constituyen un apretado cuerpo de arte de la prosa modernista española. Se sabe que tienen ascendencia francesa, que llegan a Valle a travlís de Rublín Darío.

Se nos ofrecen como un conjunto de cuatro libros, destinados cada uno a una estación del año, representando así la vida del marqulís. Cada sonata alegoriza un estado de ánimo en correspondencia indisoluble con la edad del personaje. Hay una clara interferencia entre lo sensual y lo psicológico.

Son, como ya he dicho, un libro e memorias, pero un libro de memorias incompleto, fragmentado voluntariamente. Valle vuelve la vista al ayer y quiere entresacar del pasado cuatro episodios amables, sin más pretensión que el de una elegíaca añoranza. Son memorias amables, en las que el pecado es el eje central del acaecer. La unidad se mantiene a travlís de las cuatro sólo por el personaje principal.


Bradomín es un Don Juan admirable. Es feo, católico y sentimental. Esto parece estar en contradicción con el donjuanismo, pues para ser un Don Juan hay que luchar contra la religiosidad y el sentimiento autlíntico. Bradomín se sabe un Don Juan. Matiza la exigencia de la carne, hacilíndola el principal mandato. Tiene de las mujeres un pobre concepto.

Lo que llena sobre todo las tres últimas sonatas es la exaltación de lo erótico, el hacer gala de lo carnal. El donjuanismo de Bradomín es la voluntad de una manera de ser y obrar.

Como obra modernista aparece una aristocracia integral, que hace que la obra se diferencia de lo vulgar. Todas las aventuras se deslizan en un clima de lujo, un hilo de vetusta antigí¼edad pasa a lo largo de toda la obra. Así en la de otoño aparece en toda ella el sentido de la genealogía. Llega incluso a insistir con machaconería erudita en esta aristocracia. Esta conciencia de la aristocracia conlleva otras cualidades, como lo es la arrogancia y el orgullo. El sentirse con esta superioridad es lo que le lleva a exagerar su valentía, que adquiere caracteres de apoteosis en la invernal, cuando le cortan el brazo.

Bradomín se nos ha presentado como un católico, ¿pero cómo es su catolicismo? ¿No es acaso más que la mezcla irrespetuosa de piedad y paganismo? Pues el marqulís mezcla confusamente ambas cosas. Ya en la Sonata de primavera se le va identificando con Satanás. El satanismo le vale al marqulís para exponer su complacencia con el mal, en la perversidad. Es consciente de tener a su lado al diablo, lo que hace que muestre cínicamente su actuar pecaminoso.

Adjetivos de contenido religioso o litúrgico los emplea el autor para dar un picante sabor de pecado a escenas muy diversas. Esto aparece fundamentalmente en la Sonata de otoño.

A la vez que la falta de religiosidad verdadera viene la superstición. Aparece en forma de estremecimiento de terror, presentimiento, recuerdo de las almas en pena, advertencia de mal agí¼ero, sueños. El misterio y el símbolo se unen. Toda la obra está hilvanada por una ley de contraste, como una escondida armonía cómplice. El contraste se presenta como el medio más acertado de despertar resonancias inusitadas, nuevas. Así al morir Concha, el marqulís se refugia en la alcoba de su prima Isabel. Este contraste se lleva a los más pequeños detalles. Logra así bellos efectos de color, sonido y de elaboración psicológica.

Valle es quien más aristocratiza el paisaje. Lo poetiza. Partiendo de paisajes cercanos, inventa el paisaje de las Sonatas y elabora un fondo de jardín clásico, noble y antiguo. La sensación de antigí¼edad aparece a lo largo de toda la obra. Es un paisaje elaborado dentro de un canon, dentro de una estlítica preconcebida. Pero este paisaje vive.

En toda la obra aparece el afán de ser una casa superior, la religión del arte por el arte. Valle tiene claras debilidades pictóricas que podemos observar en la obra. Le atrae el primitivismo, pero tambilín utiliza la alusión a una obra de arte, que da mayor viveza y realidad a lo que trata de describir. La huella artística es la que contribuye a producir ese sentimiento de antigualla que inspiran ser las Sonatas, pero siempre repartida con equilibrada mesura.


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